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Racionalidad de la grafología, la grafoterapia y la grafomotricidad

RACIONALIDAD DE LA GRAFOLOGÍA, LA GRAFOTERAPIA Y LA GRAFOMOTRICIDAD

Vicente Lledó Parres (1932-1993) fue quien descubrió la existencia de los DOCE MOVIMIENTOS en las escrituras, les puso nombre, describió las características físicas que debían manifestar y dedujo las repercusiones que física, mental o emocionalmente experimentaría la persona si los realizara correcta o incorrectamente. Aplicó todos estos conocimientos al campo terapéutico, instruyendo a las personas en la modificación o mejora de sus trazos o movimientos escriturales. Los resultados no dejaban lugar a dudas: se encontraba en los primeros albores de un conocimiento completamente nuevo que trascendía lo concebido hasta entonces sobre grafología y le adentraba, directamente, en terrenos de la psicología, psiquiatría, fisiología y medicina en general.

Cualquiera   de   las   actividades vitales, tanto las materiales como  las inmateriales, las que realiza nuestra propia fisiología de manera autónoma, como aquellas otras que hacemos conscientemente obedeciendo a nuestra voluntad se desarrollan a partir de los doce movimientos elementales descritos por Lledó Parres. Son los mismos doce movimientos que desarrollan a su vez los cuerpos inertes que, sujetos a las fuerzas dinámicas, adquieren unas cualidades específicas de velocidad, trayectoria, fuerza, etc., medibles y calculables matemáticamente.

Lledó supo relacionar cada trazo con una función neurofisiológica concreta y, sus planteamientos, dieron un determinante giro en el rumbo de  la grafología.  A las metodologías que creó las llamó GRAFOLOGÍA    Y    GRAFOTERAPIA RACIONAL, para diferenciarlas de los principios y aplicaciones de la grafología clásica o convencional.

Hasta su aparición, la grafología convencional se dedicaba -y sigue dedicándose- a la interpretación de los diferentes matices que las escrituras presentan y a los variados formatos que puede  adquirir  cada  una  de las letras -tanto en el texto, como en la firma-, asignando un valor psicocaracterológico a cada una de estos matices y formatos.

Sin embargo, este modo de abordar el estudio de las escrituras, no maneja terminologías ni conceptos que obedezcan a los rigores con los que toda ciencia ha de trabajar. Valgan, como ejemplos, las siguientes expresiones que se emplean para referirse a los criterios que maneja, como fundamentales o  de base: guirnaldas,  pastosidad,  puntas de arpón, dientes de jabalí, picos de escorpión, rabo de cerdo, serpenteados, dobles nudos, chimeneas, escrituras cóncavas, descendentes, rígidas, centrífugas, progresivas, grandes, pequeñas, medianas, filiformes, compensadas, … y un largo etc.

En otras épocas en las que el papel se debía colocar de maneras muy determinadas y la mano empleada era siempre la derecha, los simbolismos  y criterios espaciales estaban permanentemente definidos -arriba, abajo,  izquierda,  derecha-  y,  junto  a otros indicativos, sirvieron para deducir determinados  aspectos  de  la persona. Pero en  estos  tiempos en los que la posición del papel es libre y cada cual lo coloca a su manera y la mano empleada puede ser una u otra, las referencias de ubicación entre el observador (y  ejecutor  de  la  escritura) y lo observado (el papel sobre el que escribimos, y los movimientos  en  sí),  ya no son fijas -como hasta hace sólo unas décadas-. Y si no sabemos qué inclinación de papel ha empleado la persona, cómo se ha posicionado ella misma frente a él, y la mano con la que ha escrito, su análisis escritural podría contener excesivos márgenes de error.

Consecuentemente, y puesto que grafología  -por  definición-,   no   es lo mismo que grafomancia -arte adivinatorio a través de las escrituras-, se hace necesario un replanteamiento en su estudio ya que, los conocimientos y las ciencias han de seguir su curso evolutivo.

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(Neuronal y motrizmente, no es, ni significa lo mismo, subir que ir hacia la izquierda)

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(Esta peculiar forma de escritura respeta el equilibrio motriz entre ambos hemisferios, sustituyendo los términos izquierda/derecha por otros más primarios: hacia adentro/hacia afuera o, lo que es lo mismo, acercar/alejar.

 

La explicación es simple: mientras que para la mano derecha, en su movimiento natural, el dirigirse hacia la derecha supone un  alejamiento  del yo, de la médula espinal -y por tanto un hacia afuera-, para la mano izquierda, en su movimiento natural, ir hacia esa misma dirección, la derecha, significa acercarse al yo, a la médula y, por tanto, un hacia adentro.

Dado que son opuestas las interpretaciones que cada uno de los hemisferios cerebrales concibe acerca de lo que significa izquierda y derecha en relación al uno mismo, Leonardo da Vinci (1452–1519) -que era zurdo- ideó y practicó este tipo de escritura, llamada escritura en espejo.

Por lo tanto, ni neuronal ni motrizmente pueden ser de igual naturaleza, ni significar lo mismo, una escritura hecha con la mano derecha que con la izquierda)

 

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Los doce movimientos

 

Los trazos o movimientos escriturales descritos por Lledó son los siguientes:

• Cuatro movimientos  que  forman  el giro a favor de las agujas del reloj.

• Cuatro movimientos  que  forman  el giro contrario a las agujas del reloj.

• Dos movimientos rectos, que suben y bajan.

• Y otros dos que van hacia la izquierda y hacia la derecha.

Toda escritura está compuesta únicamente por doce tipos de impulsos nerviosos, y a cada uno de ellos los puso un nombre:

  • SUBE/REGRESANDO:  movimiento que sube con la finalidad de ir hacia la izquierda.
  • SUBE/CENTRADO: movimiento que sube, sin más.
  • SUBE/AVANZANDO: el que sube con la finalidad de ir hacia la derecha.
  • REGRESA/BAJANDO: va hacia la izquierda, con la finalidad de bajar.
  • REGRESA/CENTRADO: va hacia la izquierda, sin más.
  • REGRESA/SUBIENDO: se dirige a la izquierda, con la finalidad de subir.
  • BAJA/REGRESANDO: baja con la finalidad de ir hacia la izquierda.
  • BAJA/CENTRADO/Centrado:baja, sin más.
  • BAJA/AVANZANDO: baja con la finalidad de ir hacia la derecha.
  • AVANZA/BAJANDO: va hacia la derecha con la finalidad de bajar.
  • AVANZA/CENTRADO: va hacia la derecha, sin más.
  • AVANZA/SUBIENDO: va hacia la derecha con la finalidad de subir.

 

Tuve el honor de trabajar con Vicente Lledó en sus últimos años de vida, en su gabinete. Un día, mientras regresábamos al mismo, discutíamos acerca del modo más adecuado de sintetizar lo que el trazo escritural supone para la grafología, pues le iban a publicar un artículo en una revista especializada. Entre los dos, compusimos  esta  expresión   que,  por  excelente,  me  he  encargado  de divulgarla y no puedo dejar pasar la ocasión:

“Con tres colores se forma la gama infinita de tonalidades; con siete notas, todas las melodías; con diez números, todas las operaciones; y con doce trazos, todas la escrituras”

Empecé, bajo su dirección, enseñando a las personas que venían a instruirse y practicar grafoterapia -actualmente catalogada como una medicina natural no convencional- para resolver conflictos de toda índole que, por otras vías,  no  habían  conseguido. Desde los primeros momentos observé la importancia de cuidar determinados detalles con el fin de facilitar el buen desarrollo y éxito de los ejercicios grafoterapéuticos. A medida que pasaba el tiempo, la relación de cuestiones a tener en cuenta iba haciéndose cada vez más extensa, llegando a formar, entre todas, un compendio que no dudé en llamar  GRAFOMOTRICIDAD  RACIONAL, puesto que nació y creció con la idea de que la grafoterapia que Vicente nos enseñó fuera más rápida y eficaz.

Se trataba de una serie circunstancias y factores, internos y externos a la persona, que ésta debía controlar: la colocación de los dedos, la mano, el antebrazo, brazo, cuerpo, cabeza, o la elección de la mesa adecuada, la inclinación y posición del papel respecto a ella, etc…, así como de otras pautas, propias ya de la escritura. Pero había un requisito cuya puesta en práctica  resultaba  difícil  de   conseguir -cuando no imposible-, por repetidas que fueran mis recomendaciones: se trababa del control de la relajación en la mano.

Para lograrlo, tuve que sumergirme en el estudio del sistema nervioso así como en el de otras disciplinas que aportaran alguna luz al respecto. Y tuve, también, que replantearme el método de aplicar grafoterapia pues, por experiencia ya sabía que, si no lo abordábamos como era debido, la persona no podría llegar a incluir en su escritura espontánea los cambios que íbamos buscando, por mucho que lo intentara.

En primer lugar, la persona debía entender que los movimientos escriturales tenían que ser ejecutados con la misma naturalidad -y leyes- que observábamos a nuestro alrededor, en la  dinámica  de los cuerpos inertes. Su mano, su brazo,  y cuerpo en general, si lo dejaba libre y suelto, también se movería con similares características, ya que nuestra propia anatomía contribuye a ello.

En segundo lugar, tenía que asegurarme de que ciertas facultades nerviosas elementales  -concretamente      las que se refieren  al  sistema  reflejo  y a la concepción espacial- superaban determinadas pruebas o ejercicios. Progresivamente, iríamos ascendiendo a la extraordinaria y sofisticada implicación que el cerebro realiza con la escritura, un medio de comunicación que requiere de la intervención simultánea de múltiples zonas y centros neurálgicos.

 Y sucedió que, un altísimo porcentaje de personas, incapaces de ejecutarlos adecuadamente sobre el papel, sí los percibíany realizaban fácilmente desde una experiencia interior, focalizada involuntariamente en diferentes partes de su cuerpo, o desde la imaginación, en su mente. Según qué casos, esos movimientos podían traspasar el frágil umbral que divide el mundo interior del exterior, y hacerse visibles en su manifestación.

A partir de ahí, era mucho más coherente avanzar hacia el concepto y entorno escritural, puesto que la persona podía ser consciente, en todo momento, de dos cuestiones fundamentales: por un lado, la observancia de las características que el movimiento generado debía tener y, por el otro, la tensión que le producía el contacto con  el  mundo  exterior  -representado en la mesa, el lápiz y el papel- y que, ahora sí, una vez detectada, podía ser corregida y posteriormente trasladada a su escritura, mediante el entrenamiento de variados tipos de ejercicios motrices y grafomotrices.

En estas experiencias se evidencia que,  de  los  cuatro  grupos  de  trazos -detallados en la explicación de la figura correspondiente-, en la mayoría de las ocasiones, se revela uno, entre todos, cuya ejecución resulta más fácil y espontánea, aunque sea, como he dicho, a nivel interno -corporal o mentalmente-. Si la persona se deja llevar por esa “turbulencia” o “mecimiento” agradable, vigilando el cumplimiento de las características indicadas, da lugar a una notable liberación de estrés, mejorando su estado psicofísico, en muchísimos casos, instantáneamente.

Por tanto, es el movimiento consciente en sí lo que provoca esas respuestas de bienestar ante alteraciones que la persona venía padeciendo, independientemente de que sea la mano o cualquier otra parte del cuerpo la que lo genere, así como que utilice, o no, un bolígrafo o cualquier otro instrumento o herramienta.

Y sin  embargo,  resulta fundamental que estas  dinámicas  sean  trasladadas y mantenidas en otros entrenamientos que  requieren  de áreas  cerebrales más complejas de modo que, finalmente, todas ellas confluyan en un mismo propósito. Alcanzar la cima de la facultad escritural respetando estas condiciones, significa que la persona se ha asegurado de que, las mejoras experimentadas, han llegado a niveles más profundos de su sistema nervioso, estableciendo en él un nuevo orden, una nueva forma de funcionar, más acorde a ella misma y en armonía a las fuerzas que la rodean e integran.

El ser humano, al estar constituido por un sistema muy complejo en el que intervienen     fuerzas     y   movimientos -tanto internos como externos-, es estudiado desde  diferentes  disciplinas  y ciencias físicas: mecánica clásica, relativista, cuántica, termodinámica, electromagnética, biomecánica, etc. Bajo este punto de vista, su escritura refleja el modo en que interactúa con esas fuerzas y las aplica a los movimientos que genera -tanto en su interior como en el exterior- para el cumplimiento de sus distintas funciones vitales.

 

La grafoterapia

 

Los doce movimientos son la base de la grafoterapia, una rama específica de la grafología, enfocada a optimizar, tanto las facultades mentales de la persona, como  su  funcionamiento   orgánico   o la gestión de sus  emociones,  a partir de la adquisición de mejores hábitos escriturales. A partir de esta mejora múltiples trastornos de conducta o comportamiento    (obsesiones,     falta de concentración, de atención, de constancia y  voluntad,  miedos,  ect) son modificables. Pero como al hacer grafoterapia y regular la aparición de un trazo, estamos actuando, a la par, sobre ambos campos: el físico y el psíquico, inevitablemente, al tiempo que mejora  el ánimo personal, el cuerpo, en su estado y funcionamiento, también se beneficia (alergias, depresión, circulación, digestiones, y un más que largo etc)

Podría  pensarse  que  esta   técnica, por tratarse de algo que concierne al grafismo, sólo pudiera ayudar a aquellas personas que ya supieran escribir y que, por supuesto, su escritura estuviese basada en un alfabeto neolatino. Y aunque habitualmente éste es el caso, desde niños a adultos, los sistemas de grafología, grafoterapia y grafomotricidad con    los    que    se   trabaja,    al  estar fundamentados en la ejecución natural de los doce únicos movimientos universales con cualquier parte del cuerpo, también permiten la ayuda a aquellas otras personas que, por diferentes causas, no supieran escribir; o que tuvieran alguna incapacidad que afectara a su motricidad; o que su escritura estuviera formada por caracteres de otras culturas, etc.

Durante mi trayecto como grafoterapeuta he visto resultados sorprendentes que, dada su inmediatez, a veces se han relacionado con la sugestión. Y sin embargo, nada más lejos de la realidad. De hecho, la persona más joven que, recientemente, se ha beneficiado de estos conocimientos tenía una edad de tan sólo cuatro meses de vida.

Sus padres, que personalmente estaban inmersos en la práctica grafoterapéutica, ya no sabían qué hacer con él: no dormía lo suficiente, y cuando lo hacía, era de forma tan superficial que cualquier ruidito le despertaba asustadizamente; tampoco comía bien. Su carácter mostraba un rechazo a cualquiera que le quisiera coger; sólo le gustaba estar en brazos de su mamá. Cuando me lo comentaron les dije que tenían que conducirle la manita hacia aquél movimiento que él no opusiera resistencia y que, según entendía a priori, ello sucedería con los movimientos “sube/recto” y “baja  hacia la derecha” -este último, incluido en el giro contrario a las agujas del reloj-.

Resultados: La madre me comentó algo así como “MariCarmen, el cambio ha sido espectacular; hicimos los movimientos y ha empezado a dormir muchísimo mejor; con la comida, el cambio no ha sido tan notorio”. Cuando nos pudimos reunir, le conduje personalmente la mano y no sólo continuó con sus “curas de sueño”, sino que su relación con el “alimento” cambió  súbitamente  pues, de pronto, no quería que nadie le diera el biberón… ¡quería sostenerlo él mismo!

Al día de hoy es el niño más risueño y social que he conocido. Sus conflictos con el sueño y la alimentación, según me dicen, los ha regulado completamente.

 

Mª Carmen Martínez Darsés Responsable Comisión Científica de grafología de APTN_COFENAT

www.escribirbien.es

 

 

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