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Un caso real

El más pequeño con el que he trabajado tendría unos tres añitos. Por supuesto que no sabía escribir, ni tenía un control motriz sobre los garabatos que hacía. Se limitaba a coger el lapicero con toda la mano, como quien coge un palo, y trazaba sobre el papel movimientos impulsivos y descontrolados.

Viéndole garabatear, observé que uno de los movimientos hacia la derecha, cuya ejecución debe ser suave hasta ir desapareciendo gradualmente, él siempre lo hacía al contrario, muy fuerte, y lo acababa más fuerte aún.

Así que, le puse sobre mis piernas y llevándole la mano, realizamos juntos el trazo en cuestión. Desde el primero de ellos, el crío se mostró receptivo y me miró sorprendido: “¿qué había pasado que había notado esa sensación?” Repetimos el trazo con gran entusiasmo pues le gustaba sentir el efecto que le producía. Al cabo de un ratito, diez minutos quizá, se cansó y se bajó al suelo. A continuación, enseñé a la madre a realizar bien el trazo, guiándole también la mano a ella hasta que lo aprendió, pues ella iba a ser la encargada de guiarle la mano a su hijo hasta nuestro próximo encuentro, que sucedería al cabo de una o dos semanas.

Cuando nos volvimos a encontrar, la mamá me contó de la notable mejoría que se había producido, y que era él mismo el que solicitaba «jugar» sobre el papel.

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