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Tras el quinto mes…

Estaba tan entusiasmada, que le propuse pasar a limpio y ampliar los apuntes que nos entregaba. Pero a él, lo que verdaderamente le interesaba, era poder iniciar un nuevo curso y difundir su conocimiento, tanto a psicólogos y profesionales de la salud, como a personas sin preparación específica —ya que para iniciar el aprendizaje de esta técnica no es necesario ningún tipo de conocimiento previo—.

Así que, tras un “examen oral”,  me planteó colaborar con él, durante un mes, para aliviarle de tareas administrativas, a cambio de una pequeña «porción» de su tiempo para mi aprendizaje.

En ese período me hizo partícipe de sus conclusiones fisiografológicas y de sus aplicaciones terapéuticas; de los seguimientos a las personas que acudían a su Gabinete; también, para mi formación, tendría que poner en práctica lo aprendido teóricamente, y enseñar a ejecutar los ejercicios a las personas que, bajo su dirección, atendería personalmente.

Desde esos primeros momentos, tuve que experimentar cuáles eran las condiciones que facilitaban el desarrollo de los ejercicios y, por tanto, el logro más inmediato de sus beneficios.

Pasó el mes y nuestra colaboración acabó siendo, en tiempo, indefinida.

Sin embargo, yo me enfocaba cada vez más profundamente en esa «vía facilitadora», añadiendo cada vez  más recomendaciones de grafomotricidad, es decir, haciendo hincapié en todas aquellas circunstancias que se debía considerar, tales como: la elección de la mesa, su posición frente a ella y frente al papel, la forma precisa de coger el útil, la posición de la mano, el brazo, cabeza y cuerpo, el control de la relajación mientras escribimos, y otros aspectos que tienen que ver con el transcurrir del renglón y del texto en general.

Todas estas circunstancias influirían directamente en el resultado escritural que íbamos buscando.

Si no se trabajan como es debido desde el principio, llega un momento en que la terapia toca techo y la persona no puede seguir evolucionando con su escritura.

Mis logros gozaban de su completa aprobación. Él mismo, se sentaba como alumno en sus propios cursos, en los que me pedía que explicara mis investigaciones, y tras comprobar los resultados, decía “…esto es tan bueno que parece que fuera mío…” Todas las conclusiones a las que él había llegado con respecto a las leyes gráficas, eran corroboradas por el camino grafomotriz que yo había emprendido.

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